Guarani Kaiowá
- Autodenominación
- Pai-Tavyterã
- ¿Donde están? ¿Cuántos son?
- MS 31000 (Funasa, Funai, 2008)
- Paraguai 15097 (II Censo Nacional de Poblacion y Viviendas, 2012)
- Familia linguística
- Tupi-Guarani
Tres aspectos de la vida guaraní expresan una identidad que les otorga especificidad, forma y crea una “forma de ser guaraní”: a) ava ñe'ë (ava: hombre, persona guaraní; ñe'ë: palabra que se confunde con "alma") o habla, lenguaje, que define una identidad en la comunicación verbal; b) o tamõi (avô) o ancestros míticos comunes, y c) ava reko (teko: "ser, estado de vida, condición, estar, costumbre, ley, hábito”) o comportamiento en sociedad, sostenido en un arsenal mítico e ideológico. Estos aspectos le informan al ava (hombre guaraní) cómo entender las situaciones vividas y el mundo que lo rodea, otorgando pautas y referencias para desempeñar su conducta social (Susnik, 1980:12).
Sin embargo, existe diferencias, entre los subgrupos guaraní-ñandeva, guaraní-kaiowa y guaraní-mbya que residen en Brasil en las formas lingüísticas, costumbres, prácticas rituales, organización política y social, orientación religiosa, así como en las formas específicas de interpretar la realidad vivida y de interactuar según las situaciones en su historia y en su presente. Esta sección privilegia aquellas informaciones acerca de los grupos ñandeva y kaiowa. Se presenta una sección específica dedicada a los mbya.
Contacto directo
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Sítio web de la Associação de Jovens Indígenas de Dourados (Asociación de Jóvenes Indígenas de Dourados) - http://www.jovensindigenas.org.br/ [en portugues]
Vea también
Historia del contacto
Las investigaciones arqueológicas muestran que la cultura guaraní se origina en las selvas tropicales de las cuencas del Paraná Superior, del Uruguay Superior y en las extremidades del altiplano meridional brasileño (Schmitz: 1979,57). Durante el siglo V (años 400 d.C.) esta cultura ya se habría diferenciado de la tupí y estaría estructurada con características perfectamente observables en el siglo XVI, así como en la actualidad. Los arqueólogos sugieren que su génesis dataría de, aproximadamente, un milenio. Las poblaciones “proto-guaraní”, que originaron los guaraníes de la época de la conquista (1.500) y de la actualidad (Susnik: 1975), tienen una historia marcada por intensos movimientos de traslados dentro de los espacios por ellos considerados como territorios de ocupación.
A la llegada de los europeos, las poblaciones que fueron conocidas como guaraní ocupaban una extensa región del litoral que se extendía entre Cananéia (estado de São Paulo) hasta el estado de Rio Grande do Sul, penetrando hacia el interior a través de las cuencas de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay. En la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay se distribuían en las márgenes orientales de este último y en las dos márgenes del Paraná. El río Tietê, al norte, y el Paraguay, al oeste, eran los límites de su territorio.
Los estudios arqueológicos indican que, entre los años 1.000 y 1.200 d.C., grupos de cultura guarani se expandieron hacia el sur, a partir de las regiones hoy localizadas en el oeste brasileño (cabeceras de los ríos Araguaia, Xingu, Arinos, Paraguay), ocupando los territorios comprendidos por la actual región sur del Brasil, norte de la Argentina y la región oriental del Paraguay (Cf. Smith, 1978; 1975; 1979-80).
A partir de la llegada de los portugueses y españoles en el siglo XVI y hasta el siglo XVIII, la historia de los guaraníes estará marcada por la presencia de los misioneros jesuitas quienes los querían catequizar y convertir al cristianismo y por el asedio de los “encomenderos” –la encomienda, en el sistema colonial español, permitía que el colonizador esclavizase a los indígenas bajo la máscara oficial de la protección- españoles y bandeirantes portugueses que pretendían esclavizarlos.
Con los europeos, los territorios guaraníes se volvieron el escenario de las disputas europeas dado que la región tenía una estratégica importancia y alta relevancia geopolítica en ese momento histórico. Para los españoles era una vía de acceso entre la ciudad de Asunción y Europa; su control, además de lo dicho, servía como defensa ante el avance paulista. Para los portugueses representaba un área de expansión al interior de la colonia y el acceso a hipotéticas riquezas minerales. La región, delimitada por el incipiente Tratado de Tordesillas, permitía variadas interpretaciones acerca de los límites fronterizos. Asimismo, es dable mencionar que el espacio entre Asunción y São Paulo/São Vicente no ofrecía las riquezas minerales idealizadas por los ibéricos a través del mito de Eldorado; la única riqueza de esta parte de América era la fuerza de trabajo indígena guaraní.
En 1603, el gobernador del Paraguay solicitó la presencia de los sacerdotes de la Compañía de Jesús para el trabajo de la catequesis. De esta forma, parte de la población guaraní fur “reducida” (concentrada forzosamente) en aldeas o misiones implantadas y administradas por los jesuitas. La iniciativa de “reducir” a los indios pretendía, dentro del modelo de pensamiento del colonizador, regimentarlos en espacios específicos conocidos como “reducciones” o “misiones”, cristianizarlos y, de esta manera, facilitar el acceso a la fuerza de trabajo indígena por los encomenderos de la ciudad de Asunción. Los sacerdotes jesuitas resistían ese procedimiento y modelo económico en tanto no permitían que sus catecúmenos fueran esclavizados en las encomiendas minando, de esta manera, “la base sobre la cual se estructuraba la economía colonial y (colocando) en riesgo el futuro de los colonos” (Cf. Thomaz de Almeida, 1991; Gadelha, 1980; MCA, 1951). Entre 1608 y 1768 se constituyeron decenas de “reducciones jesuíticas” en las entonces provincias paraguayas del Guairá (parte del actual Paraguay, São Paulo y Paraná en Brasil), Itatin (parte del actual Mato Grosso do Sul en Brasil y Paraguay oriental), Paraná (parte del actual Paraná y Santa Catarina en Brasil) y Tapes (parte de Santa Catarina, Rio Grande do Sul en Brasil, Paraguay y norte de Argentina).
En el segundo cuarto del siglo XVII, los paulistas “se inquietaban con los encomenderos que llegaban a las proximidades de la villa (de São Paulo) para servirse de indios” (Belmonte, 1948: 151), y se estructuraban en expediciones –las “bandeiras”- con el objetivo de avanzar hacia el oeste buscando nativos guaraníes para su explotación, menester en el cual fueron involuntariamente ayudados por las reducciones jesuitas que funcionaban como depósitos de indígenas facilitando su trabajo.
Los datos acerca del número de indios apresados por las “bandeiras” presentan cifras dispares, aunque revelan considerables cantidades de sujetos comprometidos. En 1557 eran aproximadamente “40 mil fuegos” o cerca de 200 mil individuos solamente en la provincia paraguaya del Guairá (Cf. Perasso, 16:1987); las reducciones de San Ignacio y Nuestra Señora de Loreto, en las márgenes de los ríos Paranapanema y Tibagi, también en Guairá, alojaban –ambas- cerca de 10 mil ava en 1614 (Cf. Gadelha, 1980). Ellis Jr. (1946: 60-70) calcula en 356.720 el número de indios convertidos en esclavos durante los siglos XVI y XVII, Concluye lo dicho en base a la necesidad de brazos esclavos en el nordeste, relacionándolo con la utilización del esclavo africano. Para Simonsen (1937), aproximadamente 520 mil esclavos habrían sido absorbidos por la producción azucarera durante el siglo XVII: de los mencionados, 350 mil serían negros y 170 mil indios. En el siglo XVIII, pensando los datos de la producción de azúcar por arrobas, Simonsen afirma que el total de esclavos sería del orden de 1.300.000; una cuarta parte indios, esto implica cerca de 320 mil. En el período colonial, para Meliá (1986: 61-2), habría un número estimado de 60 mil guaraní en la provincia de Tape, actuales Rio Grande do Sul, Santa Catarina y parte de Paraná. Sobre Guairá, este autor separa la historia en tres ciclos: “encomenderos”, cuando habrían sido apresados entre 200 mil a un millón de guaraníes; “jesuítico”, cerca de 50 mil almas; “bandeirante”, cerca de 60 mil. Según Gadelha (1980: 175), al informar sobre los datos demográficos de Itatim, en 1.688 serían 9.925 los individuos que habrían quedado en aquella provincia luego de la incursión bandeirante. Taunay (1951: I, 61), con respecto de Guairá, informa que “el número de indios esclavizados por los paulistas excedería (…) 200.000. Solamente el asalto de 1.629 habría causado la liberación de más de 50.000”. En 1625, según el mismo autor, la provincia de Itatim contaría con “más de 4.000 indios concentrados en aldeas y 150 colonos españoles”. Destaca que el término “indio” puede ser entendido como “indio de flecha”, esto es, correspondiente a una familia media de cuatro personas totalizando de esta forma cerca de 20 mil individuos. Holanda (1945: 29), también sobre Guairá, informa que “nada menos de setecientas ‘balsas’, sin mencionar las canoas aisladas, llevando más de 12 mil individuos, habrían bajado entonces por el Paraná por orden del padre Montoya”, para huir del asalto bandeirante. Cassiano Ricardo (1970: 93-4) informa que el cálculo de los historiadores llega a la cifra de “cien mil indios de Guairá (…). Varnhagen calcula nada menos deque 300 mil indios apresados por los bandeirantes entre 1614 y 1639”.
Sacerdotes e indios “reducidos” intentaron, en vano, resistir los atropellos de los bandeirante que destruían poblados paraguayos y atacaban duramente las “reducciones guaraní” que se habían formado en las cuencas de los ríos Paranapanema, Tibagi, Ivaí, Piquiri e Iguazú. Llegados de São Paulo por los ríos Tietê y Paranapanema, los bandeirantes seguían hacia el sur, a partir de la confluencia de ellos con el Paraná, buscando indios guaraní reducidos en las misiones de Guairá y Tapes. Luego de encontrar las misiones de las provincias de Guairá, Paraná e Tapes asoladas por los bandeirantes entre 1628 y 1632, los jesuitas fundaron la misión de Itatin, de efímera vida, localizada entre los ríos Mbotetey, actual Miranda, y Apa (ver Melià et al, 1976; Susnik, 1979-80; Thomaz de Almeida, 1991). La presencia bandeirante provocó un reacomodamiento en la ocupación espacial de la época, obligando a los indios y sacerdotes a trasladarse en forma forzada y en fuga hacia lugares alejados del avance paulista. Frente a la persistencia de la amenaza bandeirante, los sacerdotes y los nativos de Itatin –que fueran posteriormente reconocidos como pertenecientes al actual subgrupo guaraní kaiowa o paĩ-tavyterã – se dirigieron hacia el sur, cruzando –en la segunda mitad del siglo XVII- el río Apa, Mato Grosso do Sul, pasando a ocupar el sur de este estado hasta la actualidad. La “Provincia del Guairá” se localizaba entre “los ríos Paranapanema, Paraná, Iguazú y la línea demarcatoria –indeterminada- que dividía las tierras portuguesas y españolas, impuesta por el Tratado de Tordesillas, correspondiendo, en área –aproximadamente-, el 85% del actual territorio ocupado por el estado do Paraná" (Blasi, 1977: 150).
La expulsión de los jesuitas de la región al iniciarse el siglo XVII fue relevante para la población guaraní dado que movilizó a los indios “reducidos”, lo que habría afectado también a aquellos que no habían estado bajo la orientación de los sacerdotes, provocando de esta forma un redimensionamiento en la realidad colonial. Desde este lugar, tiene sentido trabajar con la hipótesis de que, en función de sus actuales territorios, los paĩ-tavyterã o kaiowa tendrían ancestros en los antiguos pueblos guaraní de Itatin; los actuales ñandeva serían originarios de los pueblos de las provincias de Paraná y Guairá (V. Meliá: 1976; Almeida: 1991) y, por circunstancias históricas, se asentaron –a partir del siglo XVII, en el actual territorio de Mato Grosso do Sul.
Con el tratado de Madrid (1750) y la demarcación de la frontera entre Brasil y Paraguay en 1752, los guaraníes resurgirán en informaciones genéricas de los diarios de las expediciones demarcatorias. Hacia el curso superior del río Iguatemí (Mato Grosso do Sul), informan que “de la nación que se conoce habitante por aquí, son los monteses (monte, selva o bosque en español) es gente de a pie, viven en los bosques, no dudamos que sería su vivienda esta montaña, u así no teníamos sospecha de ellos salvo cuando se entraba en los arbustos” (Fonseca, 1937: 358). De esta manera, estos monteses o caaguá son aquellos indios que no fueron reducidos políticamente, categoría pertinente a una situación histórica particular y que sirve para “designar un modo de vida como contrapuesto al modo de vida que la colonia había venido a instaurar” (Melià et al, 1976: 169).
Desde ese momento y hasta el fin del siglo XIX no existen informaciones acerca de estos indígenas. Se supone que parte de la población que había sido reducida se habría incorporado a la sociedad paraguaya y, en parte, a la regional brasileña. Otro contingente de los guairá e Itatin coloniales se habría, con la expulsión de los jesuitas, reincorporado a los parientes no “cristianizados”. Serán descendientes de esos guaraní que encontramos en la actualidad y que se mantuvieron ocultos en las selvas de sus territorios hasta el final del siglo XIX. Su localización en las selvas y su procedimiento en fuga y discreto los distanciaron de los guaraní ubicados en las fronteras occidentales que se expandían y que, progresivamente, se volvieron constantes, mayores y siempre amenazadoras.
El sudoeste y sur de Mato Grosso y el Paraguay oriental, que hoy se confunden con los territorios kaiowa y ñandeva, estuvieron exentos de los procesos colonizadores intensos hasta el comienzo del siglo XX y, por lo tanto, habrían constituido un “refugio” para las poblaciones guaraní que aquí se exponen. A partir de la última década del siglo XIX y en las dos primeras del siglo XX, una gran parte de los territorios guaraní sería el objeto de la movilización exploratoria, y no colonizadora, de la yerba mate promovida por empresas detentoras del monopolio de ese producto en la región que abarca los actuales estados brasileños de Paraná y Mato Grosso do Sul, la Argentina en su región noreste y el Paraguay oriental. Con poderes para obstruir la entrada y la permanencia de colonos o competidores (cf. Thomaz de Almeida, 1991), el arrendamiento de tierras contribuiría para mantener las áreas bajo el control de estas empresas, libres de colonos hasta los años 1920/1930. De esta forma se conservan, en gran medida, las selvas y, en ellas, se mantienen los guaraníes.
A partir de la década de 1920, y más intensamente a partir de los años 1960, se inicia la colonización sistemática y efectiva de los territorios guaraní, desencadenando un proceso de desapropiación sistemática de sus tierras por los colonos blancos. Durante la vigencia del SPI (Servicio de Protección al Indio) -en 1913-, son creadas reservas indígenas al servicio del frente de atracción liderado por Curt Nimuendaju, en las inmediaciones de Bauru (interior del estado de São Paulo). El objetivo fue el de incorporar a los kaingang e terena y contener los movimientos migratorios de los guaraní en dirección a la costa atlántica. Luego de una gran epidemia que diezmó muchas familias indígenas en Araribá y sin conseguir atraer a las familias ñandeva ya instaladas en el litoral ni impedir los movimientos de los guaraní en dirección a la costa, fueron creados el Puesto Indígena Padre Anchieta, en la aldea de Itariri y el Puesto Indígena Peruibe, en la aldea de Bananal, ambos en el litoral sur de São Paulo. En Paraná, también fueron creados reservas indígenas kaingang y guaraní, que impusieron un modelo de agricultura, trabajo y desarrollo absolutamente diferente al modo de ser indígena, basado en la política vigente de integrar los indios a la sociedad hegemónica. En la actualidad, en las regiones sur y sudeste, varias administraciones regionales de la Funai ( Fundación Nacional del Indio ) abarcan administrativamente las tierras de los guaraní y de otras etnias.
Nombre
La nomenclatura referente a los guaraní, al igual que otros aspectos de su tradición de conocimiento, es tema de difícil abordaje dada la variedad de nombres que pueden asumir. Los viajeros de los siglos XVI y XVII los clasifican de modo genérico como “indios de la generación de los guaraní” (Cabeza de Vaca 1971; Azara 1969; MCA, 1952) y presentan una lista enorme de nombres utilizados para designar los pueblos de esa “nación”, que se agrupaban, según la descripción de esos primeros colonizadores, en pequeños grupos o divisiones que tomaban el nombre del líder político religioso local o, aún, el nombre del lugar ocupado por el. Bajo una misma denominación se podían identificar diferentes “comunidades” que vivían a lo largo de un río o cerca de las fuentes de agua y de la selva, asumiendo, cada una de ellas, una denominación particular, razón por la cual existe una gran diversidad de nombres otorgados a los guaraní por los conquistadores, tales como mbiguas, caracara, timbus, tucagues, calchaguis, quiloazaz, carios, itatines, tarcis, bombois, curupaitis, curumais, caaiguas, guaraníes, tapes, ciriguanas (cf. Azara, 1969:203).
Koenigswald, cuando los menciona en los inicios del siglo XX (1908), corrobora las informaciones de diferentes fuentes en relación a la actitud sostenida de “esconderse” en las selvas y lugares de difícil acceso, distanciándose de los blancos y evitando el contacto. Es interesante el testimonio de Koenigswald en relación a los nombres que, genéricamente, eran aplicados en ese momento sin distinción subgrupal a esos indígenas:
“Cayua de Caa = selva y Awa = hombre. Encontramos en la literatura en todas las grafías posibles, como cayua, caygua, caaygua, cayagua, cagoa, cayoa, caygoa, cayowa, caingua, caa-owa, cahahyba, cahuahiva, cabaiva y ubayha. Pocos viajeros entraron en contacto cercano con los ariscos cayuas. Con el alejamiento de los jesuitas (…) pueblos enteros desaparecieron, de esta forma sabemos poco más que los nombres de ellos (…) Solamente en las regiones situadas muy al interior, de difícil acceso, encontramos tribus que siempre se conservaron separadas de los blancos (…) obedeciendo a sus antiguas costumbres. (…) El modo hostil y la desconfianza de estas hordas contra todo lo que les es extraño dificultó mucho un estudio profundo de su modo de vivir (…)”, (Koenigswald, 1908: 1-2-3).
Estudios etnográficos realizados por Nimuendaju (1912/1954, 1978, 1987), Métraux (1927), Watson (1952) e Schaden (1952/1974) ampliaron el conocimiento sobre estos pueblos. Serán identificadas, a partir de estos estudios, las especificidades subgrupales referidas, las peculiaridades lingüísticas y las particularidades en la organización social, política, económica, religiosa y su cultura material.
Los guaraní en América
Bolívia: guarayos, chiriguanos e izozeños
Paraguai: mbya, ñandeva, paï-tavyterã (kaiowa), ache (guayaki*),guarani-ñandeva (tapieté*)
Argentina: mbya
Brasil: mbya, ñandeva, paï-tavyetrã (kaiowa) *Denominações depreciativas
La población no indígena paraguaya, que habla la lengua guaraní, se refiere a los guaraní a través del término ava (hombre guaraní), también utilizado por los subgrupos guaraní que viven en el país. En el Brasil, los términos “paisano” o “patricio” son también utilizados por los indígenas en el discurso con el blanco al referirse a otros guaraní.
En Mato Grosso do Sul, y en toda la región sur del Brasil, estos y otros grupos étnicos son genérica y despectivamente llamados “bugres”, término que debe ser evitado por cargar una concepción racista.
Autodenominação
Los guaraní-kaiowa, como son conocidos por la literatura antropológica brasileña de buen grado, como informa Cadogan (1959), aceptaron la designación de paĩ, título empleado por los dioses habitantes del paraíso al dirigirles la palabra, aunque el nombre que mejor les cuaja es el de tavyterã o paĩ-tavyterã, que significa “habitante del pueblo (aldea) de la verdadera tierra futura” (távy-yvy-ete-rã). Los ñandeva se refieren a estos paĩ-kaiowa como tembekuára (orifício labial) por la costumbre que tienen los hombres jóvenes de perforarse el labio inferior por donde se inserta un pequeño bloque de resina en las ceremonias de iniciación.
El nombre kaiowa debe derivar del término KA’A O GUA, o sea, los que pertenecen a la selva alta, densa, lo que es indicado por el sufijo “o” (grande), refiriéndose a los actuales guaraní-kaiowa o paĩ-tavyterã. Habría, de esta forma, una diferenciación en relación al término KA’A GUA, los que son de la selva sin que sea densa o alta necesariamente, categoría en la que se incluirían los actuales guaraní-mbya.
Los ñandeva conforman un subgrupo guaraní denominado también ava-chiripa o ava-guaraní (ver Schaden, 1974; Nimuendaju, 1978) o, inclusive, ava-katu-ete (Bartolomé, 1991). Ñandeva es, según Schaden:
“la autodenominación de todos los guaraní. Les gusta utilizar expresiones como ñandevaekuere (nuestra gente), ñandeva ete (es realmente nuestra gente). Txe nhandeva ete (yo soy realmente guaraní, uno de los nuestros) y otras semejantes. No obstante es la única autodenominación utilizada por las comunidades que hablan el dialecto registrado por Nimuendaju con el nombre Apapukuva y que parece haber sido también hablado por los tañiguay algunas otras hordas mencionadas por aquel autor. Propongo, por lo mencionado, que se reserve el nombre ñandeva para esta subdivisión” (1974:2).
El término ñandeva significa “nosotros”, “todos nosotros”. Es, sin embargo, la única forma utilizada por aquellos que hablan el dialecto que el etnógrafo Curt Nimuendaju relevó con el nombre de Apapukuva (cf. Schaden, 1974, 1974:2; Chase-Sardi et al, 1990; Nimuendaju, 1978), denominación que, parece, se aplicaría a un subconjunto ñandeva investigado por Nimuendaju a inicios del siglo XX, y del cual no existen noticias en la actualidad. Los ñandeva son apodados por los mbya de Txiripa’i, “los txiripazinhos”.
En la literatura etnográfica, estos ñandeva son denominados chiripa por Metraux (1948); Susnik (1961) se refiere a ese subgrupo como chiripa guaraní o ava-katu-Ete (“hombres verdaderamente auténticos”), este último también utilizado por Bartolomé (1977); ava guaraní (hombre guaraní), según Cadogan (1959), es la autodenominación utilizada por ellos. En Mato Grosso do Sul son conocidos como guaraní y en Paraguay como chiripa, en referencia a la vestimenta de su tradición ritual que les es típica. A los efectos del reconocimiento de la especificidad de este subgrupo que habla una lengua guaraní, parece ser recomendable designarlos con el término ñandeva que es el que utilizan cuando hablan su lengua, permitiendo también que se fortalezca su identidad como tal.
Lengua
La lengua guaraní es hablada por diferentes pueblos y de diferentes modos. De acuerdo con el lingüista Aryon Dall'Igna Rodrigues, os ñandeva, kaiowa e mbya hablan dialectos del idioma guaraní que se incluye en la familia lingüística tupí-guaraní, del tronco lingüístico tupí. En este rol se incluirían también los pueblos chiriguano, guaraní-ñandeva (Chaco paraguayo), ache, guarayos e izozeños, habitantes da Bolivia e Paraguay. Una variante del guaraní es la hablada por la población no indígena del Paraguay (probablemente lo habla el 90% de sus habitantes), país bilingüe guaraní/español.
Considerando las largas distancias entre los diferentes subgrupos guaraní, las diferencias entre sus lenguas son relativamente pequeñas. En situaciones territoriales limítrofes, donde se produce contacto entre los subgrupos guaraní (como el caso de Ocoy y Tekoha Añetete, en Paraná, entre Mbya e Ñandeva), o en situaciones compulsivas de relaciones entre grupos macro familiares (familias extensas) de subgrupos diversos en un área común (como Kaiowa y Ñandeva de Dourados, Caarapó o Amambai en Mato Grosso do Sul; o como en Chiripa y Mbya en Ocoy, estado de Paraná), se observan diferencias dialectales atenuadas o el surgimiento de un léxico específico.
Los tres subgrupos revelan una energía vigorosa en mantener su lengua viva y nada indica que lo dicho tienda a desvigorizarse, aún en situaciones de alto grado de escolarización y de relaciones interétnicas. La lengua, o mejor, la palabra para los guaraníes contemporáneos asume una gran relevancia cosmológica y religiosa, representando un importante elemento en la elaboración de la identidad etnica.
Localización y Tekoha
Ocupando la región sur del estado de Mato Grosso do Sul, los kaiowa distribuyen sus aldeas en un área que se extiende hasta los ríos Apa, Dourados e Ivinhema, hacia el norte; hacia el sur, hasta la sierra de Mbarakaju y los afluentes del río Jejui, en Paraguay, alcanzando aproximadamente 100 kilómetros en su extensión este-oeste, alcanzando también alrededor de 100 kilómetros a ambos lados de la cordillera de Amambaí, que compone la línea fronteriza entre Brasil y paraguay, inclusive a todos los afluentes de los ríos Apa, Dourados, Ivinhema, Amambai y el margen izquierdo del río Iguatemi, que limita el sur del territorio kaiowa y el norte del territorio ñandeva, además de los ríos Aquidabán (Mberyvo), Ypane, Arroyo, Guasú, Aguaray e Itanarã del lado paraguayo, alcanzando cerca de 40 mil kilómetros cuadrados. El territorio kaiowa, al norte, es frontera con los terena y al este y al sur con los guaraní mbya y con los guaraní ñandeva (v. Meliá, 1986: 218). También, algunas familias kaiowa viven en la actualidad en aldeas cercanas a las mbya, en el litoral de los estados de Espírito Santo y Rio de Janeiro.
El actual territorio ñandeva toma partes de los estados de Mato Grosso do Sul y Paraná, extendiéndose al Paraguay oriental. Las migraciones ñandeva, al inicio del siglo XX y oriundas del Paraguay, cristalizaron en asentamientos e el estado de São Paulo, interior y litoral, así como en Santa Catarina, el interior de Paraná e en Rio Grande do Sul. En Paraguay se concentran en la región comprendida entre los ríos Jejui Guasú, Corrientes y Acaray, teniendo de vecinos hacia el sur a los mbya, al norte a los paï-kaiowa y al este a los Aché. El actual territorio de los ñandeva comprende los ríos Jejui Guasú, Corrientes e Acaray, en Paraguai, y, en Brasil, el río Iguatemi y sus afluentes, siendo hallados también en las proximidades del encuentro de la mencionada vía con el río Paraná. Bartolomé (1977) menciona un “hábitat histórico” localizado al sur del Jejui Guasú, a lo largo del Paraná superior y al sur del Iguasu. Existen también asentamientos ñandeva en el interior del Paraná y de São Paulo y en el litoral de este Estado.
Tekoha: la territorialidad guaraní
Los guaraníes contemporáneos denominan a los lugares que ocupan bajo el término tekoha. El tekoha es, de esta forma, el lugar físico –tierra, selva, campo, aguas, animales, plantas, remedios, etc.- donde se realiza el teko, o el “modo de ser”, el estado de vida guaraní. Abarca la cristalización de las relaciones sociales de grupos macrofamiliares que viven y se relacionan en un espacio físico determinado. Idealmente, este espacio debe incluir, necesariamente, el ka’aguy (selva), elemento apreciado y de gran importancia en la vida de estos indígenas como fuente para la recolección de alimentos, la materia prima para la construcción de casas, la producción de utensilios, la leña para el fuego, los remedios, etc. El ka’aguy también es un elemento importante en la construcción de la cosmología, siendo el escenario de las narraciones mitológicas y la residencia de innumerables espíritus. Las áreas del cultivo familiar o colectivo así como la construcción de sus habitaciones y lugares para la actividad religiosa son indispensables en el espacio guaraní.
Debe ser un lugar que reúna las condiciones físicas (geográficas y ecológicas) y estratégicas que permitan componer, a partir de la relación entre familias extensas, una unidad político-religiosa- territorial. Idealmente, un tekoha debe contener, dentro de sus límites, equilibrio poblacional, ofrecer agua de buena calidad, tierras para la cultivables para la siembra de campos, áreas para la construcción de casas y para la crianza de animales. Debe contener, sobretodo, selvas (ka'aguy) y todo el ecosistema que representa, como animales para la caza, aguas abundantes en peces, materia prima para casas y artefactos, frutos para ser recolectados, plantas medicinales, etc.
Es necesario considerar debidamente las condiciones históricas en las cuales los indios construyen sus categorías, incluyendo la de tekoha. La situación de los diferentes subgrupos en los últimos cuarenta años en relación a la tierra evidencia la necesidad de negociación de espacios a ser demarcados. Las reducidas tierras legalizadas están ligadas a las dificultades de suplantar los obstáculos generados por la sociedad no indígena. En comparación a los territorios ocupados en el pasado se verifica una drástica reducción en relación a la propia morfología social de los grupos, con exiguas tierras y desproporciones en la relación familias/espacio disponible. En la constitución de un tekoha y desde su perspectiva nativa, los factores históricos de intervención neocolonial son fundamentales, en el sentido de que interrumpen la continuidad territorial con la cual los indios estaban acostumbrados a lidiar.
La situación histórica impuesta por el contacto tipifica las relaciones entre los indios y los blancos a partir de las primeras décadas del siglo XX, cuando surgen esfuerzos por parte del Estado en territorializar (Oliveira 1998) indios, consignándolos a espacios limitados y a fronteras fijas. La imposición de reglas de acceso y posesión territorial por parte del Estado brasileño, ajenas a las especificidades de la territorialidad de los indios, tuvo consecuencias significativas en la organización espacial guaraní, en sus producciones culturales y en el gerenciamiento de las políticas de relaciones interétnicas. Según Oliveira, entre los factores más significativos surgidos de los procesos de territorialización, observamos, entre los indígenas, el establecimiento de roles formales permanentes de mediación con el Estado y la reelaboración de la memoria del pasado.
En el caso específico guaraní, el intento de concentrarlos en aldeas derivó en la formación de mecanismos de control y de ejercicios de poder que exacerbaban la importancia de los mburuvixa como líderes políticos, papel que fue superpuesto al de “capitán”, autoridad reconocida por el órgano tutelar como mediador entre la comunidad indígena y el Estado. Con estos cambios, las familias extensas pertenecientes a un determinado espacio territorial, aún manteniendo los mismos mecanismos de reciprocidad, se vieron imposibilitados de regular los conflictos toda vez que no podían trasladarse libremente por el territorio, permaneciendo encapsuladas en espacios que no consideraban inmutables.
Dadas las condiciones específicas de la ocupación de su territorio hasta ese momento y en función de la manera de referirse a los lugares por sus accidentes geográficos o por el nombre de los que allí residían, no existía la necesidad de que los guaraníes reflexionasen acerca de las distancias y fronteras precisas para delimitar el lugar donde residían un número determinado de familias extensas. No fue necesario, hasta la llegada del blanco, realizar medidas; se vivía simplemente en base a la propia costumbre, se respetaban y se fomentaban las reglas del teko (forma de ser guaraní).
Como consecuencia de la presencia del colonizador, los guaraníes comienzan a prestarle atención a las reglas del blanco y a considerar los espacios con una superficie definida, lo que es expresado por la categoría tekoha. En efecto, esta categoría nativa connotando un espacio territorial aparece en tiempos relativamente recientes en la literatura antropológica, exactamente al comienzo de los años 1970 en el Paraguay. Desde entonces la categoría tekoha adquirió una gran relevancia en la organización social de estos indígenas, de modo tal que es corrientemente difundida por los subgrupos. Dicho esto, es inoportuno y limitante intentar entender este importante término nativo como una mera proyección de una unidad político-religiosa en un determinado espacio geográfico o pensarla como categoría ahistórica cuya “esencia” se remontaría a un período precolombino.
El tekoha debe ser considerado de cara a la realidad contemporánea que condujo a los indios a valorizarlo y concebirlo de la forma como se realiza, con la conciencia de que la recuperación plena del territorio del pasado es una empresa intangible. De esta forma, más que ver los aspectos político-religiosos como externos a las condiciones históricas de su articulación, nos parece oportuno ver el tekoha como un resultado y no como un determinante; como el proceso continuo del ajuste contextual en torno a la determinación de una relación territorial entre indios y blancos. De tal manera, el tekoha sería una unidad política, religiosa y territorial, que debe ser definida en virtud de las características efectivas –materiales e inmateriales- de la accesibilidad al espacio geográfico de los guaraníes.
Mirada bajo esta perspectiva, la relación entre los guaraníes y la tierra gana un nuevo significado inscripto en la tradición cosmológica y en la historicidad. Enfatizando la noción de tekoha en cuanto espacio que garantizaría las condiciones ideales para efectuar esa relación; los indios procuran reconquistar y reconstruir espacios territoriales étnica y religiosamente exclusivos a partir de la relación umbilical que mantienen con la tierra, al mismo tiempo que flexibilizan y diversifican la organización de las familias extensas, pudiendo -en este sentido-, mantener una relación articulada y dinámica con el territorio ampliado, en este cado como espacio continuo.
Se debe destacar el hecho de que el vínculo osmótico entre los indios y la tierra no es genérico, sin existir, por lo tanto, una relación abstracta entre los guaraníes indiferenciados y el lugar también indiferenciado. Por el contrario, la que se establece es una relación entre las familias extensas específicas que se vinculan históricamente a determinados lugares; la interrupción de la continuidad en términos de ocupación provoca la exacerbación de la noción del antiguo origen (ymaguare), basado en el sentimiento de autoctonía y la producción (cuando las condiciones así lo permiten) de un efecto de circulación al intentar mantenerse lo más cerca posible de los lugares de sus antepasados, trasladándose circularmente alrededor de los mismos y siendo importunados o expulsados por el blanco. La circulación en derredor de los lugares de los cuales, por alguna razón, fueron apartados, permite a los guaraníes dar continuidad al mantenimiento del equilibrio cósmico, aunque en muchas oportunidades de un modo fragmentado, lo que posibilita, por lo menos, la relación telúrica con el mundo.
Tierras Indígenas
Con la creación del Serviço de Proteção aos Índios (SPI o Servicio de Protección a los Indios) en 1910, y que en 1967 se transformaría en la Fundação Nacional do Índio (Funai o Fundación Nacional del Indio), el Estado brasileño pasó a detentar un organismo específico para ejecutar su política frente a las poblaciones indígenas del país. Una de las principales medidas del SPI fue la de transferir la 5a. Inspetoria Regional (Quinta Inspección Regional), en Bauru originariamente, a Campo Grande (hoy estado de Mato Grosso do Sul), buscando de esta manera atender “una cantidad inmensa de individuos Caiuás)” (noción genérica para designar tanto los kaiowa como los ñandeva), que vivían “diseminados por los herbales, sin residencia fija”, como escribe un funcionario del organismo (Estigarribia, 1927).
Influido por la perspectiva de “integrar” a las poblaciones indígenas al mundo occidental, el SPI crea ocho “reservas” destinadas a los kaiowa y a los ñandeva de Mato Grosso do Sul. Serán creadas reservas ñandeva también en São Paulo e Paraná.
La concentración en aldeas, conocidas desde el siglo XVI y ahora alimentados por una visión positivista, se convirtieron, en el siglo XX, en Puestos Indígenas, destinados a educar y orientar a los indios en relación al trabajo. Estos, como se pensaba en ese entonces, “evolucionarían” progresivamente hasta su incorporación y asimilación al mundo occidental. Los criterios y la elección de las áreas donde serían implantados los PIs (Postos Indígenas) para los guaraníes en Mato Grosso do Sul fueron definidos por los funcionarios del SPI dado que la óptica fundacional del organismo indigenista no respetó ni consideró los patrones etnicos de la ocupación del hábitat tradicional ni las concepciones territoriales de los indígenas. La “aldea” se volvió una unidad administrativa bajo el control de funcionarios federales (Cf. Relatório de Inspetoria, SPI, 1924).
Los resultados no se hicieron esperar. Uno de los primeros directores del SPI, en 1913, ponderaba que “la prostitución que se observa en una escala tan elevada en las aldeas por nosotros fundadas es la consecuencia forzosa de la concentración en aldeas que (trae) la vida sedentaria (..) hombres que no tienen las necesarias artes para vivir en ellas” (Magalhães, 1913:142).
Fueron demarcadas ocho áreas para los kaiowa y ñandeva en el territorio del actual Mato Grosso do Sul. Inclusive siendo diminutas (cf. Correia Filho, 1924), dado que cada una de ellas fue establecida por decreto (entre 1915 y 1928) con una superficie de 3.600 hectáreas, sufrieron reducciones siendo, inclusive algunas de ellas, drásticas en elación a los acuerdos entre agentes del gobierno y representantes de los intereses regionales: el área guaraní-ñandeva del PI Pirajuy, establecida por decreto No. 835, de 14.11.1928 con 3.600 ha, fue demarcada en 1930 con nada más que 2.000. Su localización fue definida por funcionarios del SPI en 1927 que escogió otra área “en la región de Ypehü”, apartada dos o tres leguas de Pirajuy y destinada a más de 500 “caiuás, sin residencia o no establecidos en aldea” (cf. Estigarribia, 1927). La comunidad ñandeva de este lugar, autodenominada Potrero Guasu, permaneció allí hasta los años 1960; las tierras fueron impuestas a los indios y entonces se establecieron en las aldeas del PI Pirajuy ; retornaron recién en 1998, luego de que fueran identificadas en 1997.
De esta forma, desde mediados de la década de 1920 tiene lugar una constante desapropiación de las tierras guaraníes. En las décadas siguientes y hasta hace pocos años la existencia de los guaraníes es atravesada por la tala de las selvas para la implantación de empresas agropecuarias.
Otrora, al ser descubiertos, o eran expulsados de la tierras de inmediato o luego de ser utilizados como fuerza de trabajo en la construcción de una o más haciendas. La expulsión podría estar precedida por avisos y la amenaza de la implementación de medidas de fuerza; si fuesen ineficaces, se producían siniestras visitas de hombres armados perpetrándose golpizas eventuales antecedidas o seguidas de actos humillantes sosteniendo la veracidad y la seriedad de sus intenciones. En caso de resistencia se procedía a la expulsión: los individuos –generalmente armados- azuzaban y forzaban a hombre, mujeres y niños a entrar a los camiones que los distribuían en las proximidades de algún PI o a la vera de las rutas.
En Mato Grosso do Sul, a pesar de la práctica de constreñirlos en espacios establecidos por el Estado, varios grupos macrofamiliares mantuvieron los esfuerzos para permanecer en las áreas selváticas, siendo bastante común que se establecieran en los fondos de las haciendas que toleraban su presencia. La tala de los años 1970 llevó a los indígenas fuera de las reservas, y fueron considerados por el organismo indigenista como “desaldeados” (fuera de las aldeas). Se trasladaban continuamente huyendo de las áreas que habían pedido sus características ecológicas y de la hostilidad del blanco. Hacia el fin de la década aludida, con poquísima selva en donde se pudiesen mantener aislados, la confrontación con los blancos, que solamente los querían expulsar de las tierras hacia los Puestos Indígenas, fue inevitable. Esto llevó a los ñandeva y a los kaiowa a organizarse y reivindicar espacios territoriales perdidos. Todo ellos habría llevado a los guaraníes de Mato Grosso do Sul a una inexorable reflexión sobre las condiciones territoriales, empeñándose en elaborar -en términos culturales- las condiciones del presente, en el sentido de construir relaciones con el pasado a través de la organización de la memoria de los diferentes grupo macrofamiliares así como la percepción de los espacios por ellos ocupados en el transcurso del tiempo, reforzando el propio sentimiento de autoctonía.
Desde allí devienen las reivindicaciones fundacionales de los guaraníes en Mato Grosso do Sul, presentando un gran énfasis manifestado en estas últimas décadas. Son precisas reivindicaciones en los que se relaciona con la vinculación directa entre las familias extensas y los espacios territoriales específicos. En este sentido, se puede decir que, en primer lugar, los tekoha reivindicados representan la suma de los espacios de ocupación tradicional bajo la jurisdicción de determinadas familias extensas donde serán establecidas las relaciones políticas comunitarias a partir de las cuales se determinarán los lazos intercomunitarios en una región más amplia.
De esta manera, de 1977 hasta la fecha, se constata una pertinaz disposición de los paï-kaiowa y ñandeva de Mato Grosso do Sul en garantizar sus tierras, no sólo negándose a abandonar los lugares tradicionales donde están sino movilizándose, a partir de donde están, para recuperar las tierras compulsivamente abandonadas en el pasado. Las áreas ocupadas no lo están en su totalidad como tampoco se encuentran definitivamente legalizadas; existen muchos asuntos jurídicos pendientes, algunos con años de trámite. Desde el inicio del mencionado proceso, fueron recuperados 16 tekoha, totalizando 24 áreas ocupadas por guaraníes y superando los ocho Puestos Indígenas que existían al inicio de este ciclo.
Se trata de un proceso de reñida lucha, que ha exigido innumerables y rebuscadas articulaciones entre las comunidades, gestiones y presiones al Gobierno Federal, expulsiones y tomas de tierras, un sinnúmero de juicios y mucha perseverancia, paciencia, habilidad política y diplomática por parte de los indígenas que han, a pesar de todos, avanzado considerablemente en sus formas de organización con el objetivo de garantizar las tierras a las que tiene derecho. Con la apertura de estas nuevas áreas, se observan impactos positivos con la disminución del número de familias en algunos Puestos Indígenas, antes densamente poblados.
Población
Los guaraníes nunca se organizaron en forma homogénea en el espacio territorial a ni se estructuraron en “aldeas” circulares, semicirculares o en filas de casas la manera occidental. Loa ava contemporáneos están, como siempre, asentados en núcleos comunitarios constituidos- idealmente- por tres a cinco agrupamientos macrofamiliares que conforman divisiones autónomas denominados por ellos y en la actualidad: tekoha. En Brasil, cerca de 90 áreas guaraníes están oficialmente reconocidas, fuera de decenas más de las cuales se tiene mayor o menor información. Los guaraníes en Brasil enfrentan, como se verá más adelante, graves problemas agrarios.
En estos tekoha, y por todo el territorio guaraní, se suscitan las formas más efervescentes de traslados alimentados por relaciones familiares. Este caminar constante (oguata) puede representar visitas, mudanzas, tránsitos, casamientos, etc., y por su dinámica y constancias dificultan bastante la realización de un censo aplicado con una metodología no específica y que posibilite ofrecer datos efectivamente confiables acerca del número de la población guaraní (sería una tareas de dimensiones ciclópeas). Así, los datos totales sobre las poblaciones guaraníes serán siempre aproximados. Estos movimientos, no obstante, no deben ser confundidos con migraciones o “nomadismo”.
A pesar de la ausencia de nuevos censos o de investigaciones demográficas más exactas, hay indicios, por muestra de áreas donde fue posible aplicar el censo en forma correcta, de que los guaraníes presentan, de modo general, altas tasas de fecundidad y crecimiento poblacional. En Brasil, siempre tomando como base datos aproximados, habría aproximadamente 51.000 individuos, siendo 31.000 Kaiowa, 13.000 Ñandeva y 7.000 Mbya, la mayoría localizados principalmente en el estado de Mato Grosso do Sul. En la Argentina, la población guaraní es casi exclusivamente Mbya y se concentra en la provincia de Misiones contando con alrededor de 5.500 personas. La población total de individuos Mbya estaría, según esta proyección, entre las 27.380 personas. Cada subgrupo y cada región dentro de los territorios guaraní presentarían, no obstante, especificidades diferenciadas en relación a su situación demográfica o en la relación entre el espacio disponible en una determinada comunidad y la extensión real de tierra existente.
La mayoría de los ocho Puestos Indígenas guaraníes en Mato Grosso do Sul conforman un conjunto de ocho áreas demarcadas entre 1915 y 1928 por el Serviço de Proteção aos Índios (SPI, órgano indigenista oficial, que actuó entre 1910 y 1967), presentan altísimos índices de densidad demográfica que caracterizan ostensiblemente situaciones de superpoblación con consecuencias nefastas para los indios. El significativo aumento –no el crecimiento relativo a nacimientos- poblacional observado en esas áreas se debe fundamentalmente a las restricciones territoriales sistemáticas practicadas por los frentes coloniales con la ausencia de una política indigenista oficial calcada en la “integración de los indios a la sociedad brasileña” (ver a este respecto el ítem “Territorio”).
Entre 1910 y 2000, la intervención del Estado brasileño se dirigió a la creación de “aldeas” (a imagen y semejanza de las concentraciones en aldeas misionales de los siglos XVII y XVIII) o de diminutas áreas reservadas para la población guaraní considerada como “dispersa”, con lo que se dejaron de considerar por completo los patrones étnicos de la ocupación territorial. Los datos del SPI/Funai indican que entre 1924 y 1984 la población de esas unidades administrativas aumentó por impulsos. En algunos momentos de ese período, contingentes de familias fueron compulsivamente trasladadas a las reservas. Se constata, en forma concomitante, una mayor incidencia de desalojos y expulsiones de familias guaraníes de sus tierras, perpetrados por colonos blancos quienes las ocuparon de forma inmediata erigiendo haciendas. En la mayoría de los casos, estas acciones no fueron exitosas ya que los ñandeva y los kaiowa persistieron en su forma de distribución espacial y movilidad territorial, aún siendo obligados a tomar en cuenta los límites impuestos por la intervención colonial.
Organización social
Los guaraníes tienen basan su organización social. Económica y política en la familia extensa; esto es, grupos macrofamiliares que detentan formas de organización y de ocupación espacial determinadas por relaciones de afinidad y consaguinidad dentro de los tekoha. Los grupos están compuestos por la pareja, sus hijos, los yernos, los nietos los hermanos y hermanas y constituyen una unidad de producción y consumo.
A cada una de las familias extensas le corresponderá, como condición de su existencia, un liderazgo, en general un hombre al que denominan Tamõi (abuelo), no siendo raro, tampoco, la existencia de una líder mujer en una familia extensa a la que denominan Jari (abuela); en este caso la incidencia es mayor entre los ñandeva. El líder familiar aglutina parientes y los orienta política y religiosamente. Le corresponden también las decisiones acerca del espacio que ocupa su grupo en el tekoha y donde las familias nucleares (padres e hijos) pertenecientes a su grupo familiar distribuyen sus residencias, plantan sus campos y utilizan los recursos naturales disponibles. En la actualidad, las familias nucleares viven en residencias aisladas