De Pueblos Indígenas en Brasil
Foto: Pedro Martinelli, 1973.

Panará

Autodenominación
¿Donde están? ¿Cuántos son?
MT 704 (DSEI, 2022)
Familia linguística

Los Panará, también conocidos como Krenakore, fueron oficialmente contactados en 1973, durante la  construcción de la ruta Cuiabá-Santarém , que cruzaba su territorio tradicional en la región del río Peixoto de Azevedo. La violencia de ese contacto produjo la  muerte de 2/3 de la población, debido principalmente a enfermedades y masacres. Ya casi exterminados, la Funai los trasladó, en 1975, al Parque Indígena do Xingu. Luego de pasar veinte años exiliados de su territorio tradicional, reconquistaron lo que había quedado de su antigua tierra y construyeron allí una nueva aldea. Además, lograron algo inédito en la historia de los pueblos indígenas y del indigenismo brasileño: en el año 2000, ganaron en los tribunales, contra la Unión y la Funai, una indemnización por daños materiales y morales causados por el contacto.  Si bien este éxito no borra las cicatrices de la historia, les confiere un futuro más digno.

Nombre y lengua

Foto: Ailton Costa, 1994
Foto: Ailton Costa, 1994

El nombre Panará quiere decir “gente”, “seres humanos” y se distingue de hĩ’pen, el “otro”, término también usado para referirse a los Kayapó, sus enemigos tradicionales. Esa es la distinción más común utilizada por los Panará para definirse en relación con los otros. Hablan una lengua de la familia lingüística Jê, de la subfamilia Jê Septentrional, que incluye a los Kayapó, los Suyá, los Apinayé y las lenguas timbira.

“Indios gigantes”

A partir de la década de 1970, durante los primeros contactos oficiales con los Panará, nadie sabía como se denominaban a sí mismos. Eran “indios gigantes” o Krenacore, Kreen-Akrore, Kreen-Akarore, Krenhakore, Krenacarore – todos variantes del nombre kayapó kran iakarare, que significa “cabeza cortada redonda”, en referencia al corte tradicional de pelo que identifica a los Panará. En muchos relatos de esa época, se observa la preocupación constante de explicar su origen desconocido: designarlos como “gigantes”, “indios blancos” o “indios negros” era una forma de identificarlos y sacarlos del perturbador estado de alteridad absoluta.

Varios factores les dieron la fama de “gigantes”, designación que el contacto de los hermanos Villas-Bôas mostró ser improcedente. La mayor parte de los Panará tenían una estatura más o menos similar a la de otros pueblos indígenas, como los Kayapó y los Xavante. Sin embargo, sus enormes arcos y porras, que llegaban a medir 1,80 m, impresionaban e inducían a la suposición de que solo personas “gigantes” podrían manejarlos. Los Kayapó, tradicionales enemigos de los Panará, también ayudaron a construir esta fama de “indios gigantes”, pues de esa manera daban más valor a sus victorias en las guerras contra ellos.

La otra razón evidente, pública y notoria, se debía a Mengrire, un indio Panará de 2,06 m de altura secuestrado de su aldea cuando pequeño y criado por los Kayapó Metuktire. Después fue llevado al Parque Indígena do Xingu, donde falleció o fue asesinado en la década de 1960, a los 38 años de edad. Mengrire era efectivamente un “gigante”, pero fue el único caso encontrado y reconocido como tal por médicos y investigadores. Aparte de este caso, Orlando Villas-Bôas cuenta que, en la época del contacto, existían por lo menos ocho Panará bastante altos, que murieron de enfermedades transmitidas por los blancos. Los adultos panará que vivieron en el río Peixoto Azevedo antes del 1973 son muy enfáticos cuando afirman la existencia de parientes muy altos en el pasado.

Historia del contacto

Foto: Pedro Martinelli, 1973
Foto: Pedro Martinelli, 1973

Datos lingüísticos y etnohistóricos recientes demuestran que los Panará del río Peixoto Azevedo y de las nacientes del río Iriri son los últimos descendientes de un grupo mucho más grande y más conocido por los cronistas como “Cayapó del Sur”. En el siglo XVIII, este grupo habitaba una amplia área en el centro del Brasil, desde el norte de la provincia de São Paulo, Triangulo Mineiro y sur de la provincia de Goiás, hasta el este de la provincia de Mato Grosso y el este y sudeste de la provincia de Mato Grosso do Sul. La intensificación de la explotación mineral, que aumentó el flujo comercial entre São Paulo y Goiás, incidía sobre el territorio donde vivían los Panará y motivó a los gobiernos de las dos provincias a contratar sertanistas (suerte de exploradores del interior) para alejarlos del caminos de viajeros y mineros. En 1722, Bartolomeu Bueno da Silva descubrió oro en la región del río Vermelho, en Goiás, y los Cayapó del Sur empezaron a sufrir ataques frecuentes del frente de expansión.

Los primeros conflictos entre los Cayapó del Sur y los colonizadores portugueses que recorrían los caminos de Goiás y Cuiabá fueron sangrientos. Según un cronista de la época, fueron capturados mil Cayapó en una única campaña de tres meses de duración, y otros ocho mil fueron esclavizados en guerras. Después de la segunda mitad del siglo XVIII, se organizaron expediciones de colonización en contra de los Cayapó con el objetivo de esclavizar a los indios, sin embargo se limitaron a matar los hombres que podían luchar con armas. La guerra contra los Cayapó provocó muertes y los poblamientos indígenas pasaron a ser dirigidos por los colonizadores.

Foto: Orlando Brito, 1974
Foto: Orlando Brito, 1974

La nueva ocupación de las tierras en el sudoeste de la provincia de Goiás recrudeció los conflictos con los indios y casi llevó a los Cayapó del Sur al exterminio total. Solo algunos grupos de la región llamada Triangulo Mineiro sobrevivieron, aunque fueron considerados extintos en las primeras décadas del siglo XX. Los que no aceptaron la administración de los colonizadores y el intento de asimilación en los siglos XVIII y XIX se retiraron hacia el norte y oeste, rumbo a la selva más densa del norte de la provincia de Mato Grosso.

Lo que se sabe, por medio de la etnohistoria, es que los Panará actuales ocuparon la cuenca del río Peixoto de Azevedo – afluente de la margen derecha del río Teles Pires y formador del río Tapajós –  hasta principios del siglo XX. La riqueza natural de la región contribuyó a su asentamiento allí.

Foto: Edson Elito/EPM, 1975
Foto: Edson Elito/EPM, 1975

La tradición oral cuenta que vinieron del Este, de una región de campos de cerrado (tipo de sabana y el segundo mayor bioma brasileño), habitada por blancos extremamente salvajes y bravos, que con sus armas de fuego mataron a muchos de los antepasados de los Panará. Según el jefe Akè Panará, “los viejos nos dijeron que, antaño, los blancos mataron a muchos Panará con espingarda. Llegaban a nuestras aldeas y mataban muchos. Si vienen – decían – mátenlos con las porras, pues son bravos”.

El contacto entre los Panará y los Kayapó también es antiguo. Probablemente el primer encuentro ocurrió en una de las frecuentes expediciones hacia el norte de la (antigua) aldea Sonkànasan para pescar y recolectar conchas para fabricar adornos. Gustaf Verswijver, antropólogo que elaboró un detallado estudio etno-histórico sobre los Kayapó, relata que los Panará atacaron los Kayapó Mekragnoti en 1923, en una aldea entre el río Jarina y el Iriri Novo, cerca del río Xingu. Los Mekragnoti huyeron para el río Curuá, unos 200 km hacia el noroeste, donde los Panará los atacaron otra vez. También según este autor, en 1943, los Mekragnoti descubrieron un tapiri (rancho) de los Panará en una de sus antiguas aldeas entre el río Jarina y el Iriri Novo, o sea, en la actual Tierra Indígena do Capoto, de los Kayapó Metuktire.

El contacto oficial

En 1968, los sertanistas (suerte de exploradores del interior) Orlando y Cláudio Villas-Bôas sobrevolaron las tierras de los Panará para contactarlos antes de que la construcción de la ruta BR-163 deforestara las selvas de la región del río Peixoto Azevedo. Se necesitaron más de cinco años para que los hermano Villas-Bôas finalmente pudieran aproximarse a los ariscos Panará. Esto ocurrió el día 4 de febrero de 1973, en medio de los desplazamientos constantes del grupo indígena, que huía armando y desarmando aldeas. Sin embargo, antes de ese histórico encuentro, la población Panará ya había sido contaminada con virus de los trabajadores blancos de las obras de la ruta BR-163.

De 1973 a 1975, fueron tantas las muertes debido a la gripe y la diarrea, que el grupo casi desapareció, según el relato del jefe Akè Panará: “Estábamos en la aldea y todos empezaron a morir. Los otros huyeron para la selva y ahí también murieron. Estábamos enfermos, flojos, y por eso no pudimos enterrar a los muertos, quedaron ahí, pudriéndose. Los buitres comieron todo”.

En el Parque do Xingu

Foto: Pedro Martinelli, 1996
Foto: Pedro Martinelli, 1996

En 1975, después de que la población Panará fuera diezmada por enfermedades, la fuerza aérea brasileña trasladó a los sobrevivientes en avión del área del río Peixoto Azevedo al Parque Indígena do Xingu, a 250 km hacia el oeste. Los Panará llegaron famélicos, anémicos, infestados de parásitos y contagiados con malaria. Entro ellos, no había ninguna mujer embarazada.

Se planificó su recibimiento en el Parque con  cultivos de maíz y la construcción de una casa en la aldea de los Kayabi. Llegaron al puesto indígena del Diauarum, donde el equipo médico de la Escuela Paulista de Medicina los examinó y, luego, fueron trasladados a la aldea Kayabi. Según Heelas, antropólogo que entonces trabajaba con los Kayabi, en 1975 “casi todos los Panará sufrían de malaria, gripe o neumonitis – o varias enfermedades de estas a la vez. Durante los primeros dos meses en la aldea nueva, murieron cinco, dejando un total de 74 personas”. En marzo de 1975, las autoridades del Parque decidieron trasladar a los Panará a la aldea Kretire, de sus antiguos enemigos, los Kayapó. Aunque había más comida en esa aldea, la situación era extremamente opresiva. Las condiciones de salud siguieron siendo precarias y muchas mujeres se casaron con Kayapó. Luego de una difícil negociación, en octubre de 1975, los Panará fueron sacados de allí, pero algunas mujeres y niños se quedaron con los Kayapó. Mientras tanto, durante ese periodo, habían muerto otros cinco indígenas, restando entonces un total de 69 Panará.

Los Panará permanecieron  un mes en el puerto Diauarum en tratamiento médico y continuaron su viaje para la aldea Suyá, en el río Suyá-Missu, donde mejoraron su estado de salud. Pudieron sembrar sus propios cultivos y, en medio a una atmósfera social menos opresiva, retomar sus actividades. Además, surgieron nuevos líderes que estimularon la práctica de danzas, canciones y ritos tradicionales. En la estación seca de 1976, encontraron un lugar para la construcción de una aldea propia, en la antigua aldea Kayabi, entre los ríos Suyá-Missu y Xingu, y a finales de año se  se mudaron para allá.

La fundación de la primera aldea propia de los Panará en el Parque do Xingu fue, evidentemente, un hecho clave en la trayectoria del grupo. A partir de entonces, empezó un proceso de crecimiento poblacional, reconstrucción cultural y social, y un nuevo periodo de adaptación a las nuevas circunstancias económicas, ecológicas y sociales que rondaban el Parque.

Los Panará crecieron significativamente en la nueva aldea. En septiembre de 1980, había 84 personas (contando los Panará que vivían en medio de otros grupos indígenas), número que subió a 95 individuos tan solo dos años después, en 1982. En agosto de 1992, la población alcanzó el número de 135 personas. Aún así, los otros habitantes del Parque trataban a los Panará como un grupo de importancia política menor en relación con las etnias más grandes.

Las condiciones ambientales también fueron motivo de gran insatisfacción para los Panará en ese translado forzado. Tradicionalmente, tenían una agricultura más variada que los pueblos del Parque: plantaban cuatro tipos de papas, cinco de cará (tipo de tubérculo), seis de mandioca, además de mangarito (planta el género Xanthosoma), zapallo, calabaza, achiote y algodón. Sin embargo, a su modo de ver, solo la “tierra negra” (kupa kyan) sirve para cultivar las especies más exigentes. En el Xingu, los Panará reconstruyeron poco a poco su tipo de agricultura, debido a que habían dejado el río Peixoto de Azevedo sin mudas, raíces o semillas. Por lo menos dos tipos de patata y dos tipos de cará no fueron recuperados.

El regreso al territorio

Esa disposición y las limitaciones impuestas por el Parque Indígena do Xingu llevó los Panará a reivindicar el retorno de su pueblo al territorio tradicional. En octubre de 1991, seis Panará y seis blancos tomaron un micro para realizar un histórico viaje hacia el río Peixoto de Azevedo. Aunque desde 1983 expresaban esa voluntad, fue la primera vez que los Panará volvieron a la región de donde habían sido trasladados en 1975. El grupo llegó en la ciudad de Matupá, en la BR-163, extremo-norte de la provincia de Mato Grosso, y empezó el reconocimiento del territorio.

El valle del río Peixoto de Azevedo se les reveló como un paisaje desolador. Las minas y las haciendas habían deforestado la selva, contaminado y erosionado los ríos, especialmente el Braço Norte. Muchas zanjas se habían tornado lodazales. Amplios paisajes paradisíacos de la región del Peixoto de Azevedo eran nada más que ciénagas. Los indios constataron los efectos de la deforestación no planificada, de la ganadería y de 20 años de actividad minera. Ahí mismo manifestaron el deseo de reunirse con las autoridades responsables para pedirles una explicación por la construcción de la ruta que había provocado una ocupación no planificada de la región.

Los Panará sobrevolaron el área en ese mismo viaje y pudieron observar que de las ochos aldeas existentes en 1968, seis habían sido destruidas por las minas y proyectos de colonización y ganadería. De esta visita surgió la idea de solicitar una indemnización por la ocupación y destrucción del territorio tradicional del pueblo. También pudieron identificar un trecho del territorio que no había sido ocupado, próximo a la Sierra do Cachimbo, llegando a las nacientes del río Iriri. Ahí todavía había selva densa y ríos bien conservados.

Los Panará empezaron entonces a tener largas y repetidas reuniones para discutir sobre lo que habían visto, , la identificación del área tradicional no ocupada y llegaron a un consenso sobre el territorio que debía ser reivindicado. Decidieron renunciar a gran parte de su territorio tradicional – al cual tendrían derecho por la Ley – para evitar la confrontación con los blancos y reivindicaron el área no ocupada de aproximadamente 500 mil hectáreas en las nacientes del río Iriri y Ipiranga, en la frontera entre las provincias del Pará y Mato Grosso. En marzo de 1993, los Panará solicitaron oficialmente la demarcación de estas tierras.

En Brasilia, representados por el Núcleo de Derechos Indígenas (una de las organizaciones que posteriormente se uniría al Cedi – Centro Ecuménico de Documentación e Información – para, en 1994, crear el Instituto Socioambiental), presentaron una demanda oficial frente a la Justicia Federal en contra la Unión, la Funai y el Incra. Solicitaban la posesión permanente del territorio Panarpa tradicional y su usufructo exclusivo. Finalmente, recuperaron sus tierras.

Nuevos tiempos

En noviembre de 1994, los Panará convocaron a los líderes de los pueblos del Parque do Xingu para una reunión en la aldea del río Arraias. La idea era presentar y discutir el plan de retorno al territorio original. Fue una reunión histórica, que duró tres días. Muchos personajes que habían participado de todo el recorrido de los Panará desde su llegada al Parque estaban presentes, como el jefe  kayapó txukarramãe Raoni; su sobrino y entonces director del Parque, Megaron; el líder kayabi Mairawe, jefe del Puesto Diauarum de la Funai; y los jefes  kayabi Prepuri y Cuiabano. Claudio y Orlando Villas-Bôas fueron invitados, pero no pudieron asistir. Por primera vez, todos los líderes del Parque se reunieron en la aldea Panará.

Cuatro jefes panará, Akè, Teseya, Kôkriti e Krekõ – los cuatro hombre más viejos de la aldea – declararon pública y enérgicamente la intención de volver a la tierras de sus padres y abuelos, en el río Peixoto de Azevedo. Enfatizaron que el Xingu no era territorio panará y que su verdadero territorio era fértil, con caza y pescado abundante. Nueve Panará, entre hombres y mujeres, dieron un discurso defendiendo la vuelta. Un joven Panará habló en contra el retorno. La mayoría de los líderes invitados apoyaron la iniciativa y muchos, como los líderes Txikão, Suyá e Kayabi, hablaron con nostalgia  y extrañamiento de las tierras que habían dejado cuando fueron trasladados al Parque.  Olympio Serra, que sucedió a los hermanos Villas-Bôas en la dirección del Parque, recordó que la idea original de esa iniciativa incluía un territorio mucho más grande, que abarcaba las tierras tradicionales de los Panará, Txikão y Kayabi para que no fuera necesaria la atracción y traslado de estos grupos al interior de las fronteras actuales del Parque. La conferencia de los jefes xinguanos en la aldea del río Arraias consagró el retorno del Panará al río Peixoto de Azevedo.

En diciembre de 1994, la Funai concluyó el proceso de identificación y demarcación de la Tierra Indígena Panará. Durante los años 1995 y 1996, gradualmente, los Panará se fueron mudando para una nueva aldea, construída poco a poco y a la cual llamaron Nãs’potiti, el nombre panará para el río Iriri. En septiembre de 1996, ya había en la nueva aldea 75 personas, once casas, un puesto de la Funai y una pista de aterrizaje razonable. Los que se quedaron en el Xingu, solo pensaban en la mudanza, pero tenían que esperar a que los cultivos del río Iriri crecieran para garantizar el sustento de 183 personas.

El 1 de noviembre de 1996, el ministro de la Justicia declaró la Tierra Indígena Panará como “posesión permanente” de los indios, con 494.017 hectáreas, en los municipios de Guarantã (provincia de Mato Grosso) y Altamira (provincia del Pará). En el mismo acto encargó a la Funai de asegurar la demarcación física del territorio y determinar sus límites. El gobierno reconoció, políticamente, los derechos de los Panará y los límites de su tierra. El Presidente de la República firmó el decreto que reconocía legalmente el territorio, que luego fue registrado ante los notarios de bienes raíces de Guarantã y Altamira, y también en el Servicio del Patrimonio de la Unión, en la capital federal, Brasilia.

En agosto de 2003, los Panará fueron protagonistas de un hecho inédito en la historia del país: por primera vez, el Poder Judicial le reconoció a un pueblo indígena el derecho de indemnización por daños morales en función de la actuación del Estado frente a la degradación del territorio tradicional del grupo. La indemnización recibida por los Panará fue el desenlace de un largo proceso jurídico iniciado en 1994, año en que los indios presentaron una Acción Ordinaria de Reparación de Daños Materiales y Morales en la 7a Jurisdicción de la Justicia Federal contra la Unión y la Funai. Los Panará pedían, entonces, la reparación por daños y una indemnización “a ser definida en liquidación de sentencia” – es decir, la indemnización sería calculada solo después de aprobada por la justicia y los perdedores obligados a pagar el valor estipulado en juicio sin contestar. Esta acción se hizo viable con el apoyo de antropólogos y abogados del Centro de Documentación Ecuménica y del Núcleo de Derechos Indígenas, que hoy forman parte de la organización Instituto Socioambiental. Los Panará recibieron más de 1,2 millón de reales por los daños causados por el contacto y la retirada forzada de la tierra tradicional del pueblo por la construcción de la BR-163 Cuiabá-Santarém.

Organización Social

Foto: Pedro Martinelli, 1972-73
Foto: Pedro Martinelli, 1972-73

Las mujeres adultas ya no usan el corte tradicional de pelo corto, con dos líneas paralelas rapadas  encima de la cabeza. Ahora, prefieren usar el pelo largo con flequillos, al estilo femenino suyá. La pintura corporal, el arte de plumas y la música tienen influencia de la cultura xinguana, sobre todo de los Kayapó, sus vecinos más próximos cuando vivían  en el Parque.

Los Panará dividen sus aldeas de acuerdo con los clanes que componen la sociedad, y mantienen de esta forma una relación directa entre espacialidad y organización social. Son cuatro los clanes que se relacionan exogámicamente y cada Panará pertenece a uno de ellos, según la descendencia materna. Tal como los clanes del pueblo Bororo, los clanes Panará poseen una ubicación fija en el círculo de la aldea: son dispuestos literalmente a partir del eje este-oeste, determinado a partir del camino del sol durante el día.

Los Panará viven en una aldea circular, con residencias situadas en la periferia del círculo.  En el centro, está la Casa de los Hombres, como en las otras aldeas de los grupos de la familia lingüística Jê. En el círculo de la aldea, están marcados los lugares de los cuatro clanes existentes, cuyos nombres sugieren una cartografía espacial de los procesos temporales de crecimiento y cambios: kwakyatantera (“los de las raíces de la palmera buriti”), keatsôtantera (“los de las hojas del buriti”), kukrenôantera (“los sin casa”) y kwôtsitantera (“los de la costilla"). Si se cambia el sufijo de estos nombres, ellos pasan a indicar también los puntos cardinales, o los puntos cardinales, se podría decir, son determinados por estos nombres. El sufijo -antera, que puede ser visto en los nombres de los clanes y que significa “colectivo humano”, es substituido por -pên, que significa lugar: kwakyatpên (“lugar de las raíces del buriti”) o kwatsopên (“lugar de las hojas del buriti”). Para saber de cuál clan pertenece una persona, se pregunta: “De dónde viene usted?” (o yu pên kya en la lengua Panará, que corresponde a la partícula interrogativa + adjetivo de lugar + pronombre posesivo).

En un sentido general, el término Panará indica la pertenencia a una red de parentesco más amplia, o sea, de todo el grupo, y a partir de ahí, las subcategorías son determinadas por los clanes. La pertenencia a un clan y la ubicación de las casas del padre o de la madre, respectivamente, en el círculo de la aldea, son las referencias que explican las relaciones y estatuto social.

Parentesco

Cada individuo pertenece a dos clanes (el materno y el paterno), y la familia nuclear (esposa, marido e hijos) es la unidad social más simple, cada una con su espacio.  La mujer trabaja en los cultivos y procesa alimentos para la familia, mientras que el hombre caza y pesca con el mismo objetivo.

Los clanes son exogámicos, o sea, las personas de un mismo clan no se casan entre sí, y además la residencia es uxorilical, es decir, el marido debe vivir en la casa de la familia de su esposa. Esto significa que los hombres nacen en sus casas y se casan fuera de ella, mientras las mujeres permanecen en la casa toda la vida.

Después de la familia nuclear, la unidad más inclusiva de la sociedad Panará es la familia extensa, representada por el grupo familiar de la mujer, compuesto por el grupo de las hermanas, hijas, nietas, hombres solteros y muchachos jóvenes. A su vez, un clan es formado por una o algunas de estas unidades, ubicado en el sitio adecuado en el círculo de la aldea.

Los nombres

Los nombres Panará son transmitidos por los hombres. Es el padre quien asigna un nombre al hijo y es la hermana del padre, o algún pariente femenino del clan del padre, quien asigna un nombre a la hija. Los hombres dan a sus hijos sus propios nombres, o los nombres de sus hermanos u otros parientes. Todo el mundo tiene por lo menos dos nombres, algunos hasta una docena. Todo nombre corresponde a algún antepasado y fueron los antepasados míticos quien dieron los nombres a los Panará y también a los animales, pájaros y peces.

Aunque existen mecanismos para la invención de los nombres, en general el sistema no admite tal cosa; un nombre verdadero es aquel de los antepasados, los suankyara, los “de antes”. El abanico de los nombres panará sugiere nada menos que una lista de todas las cosas del mundo. De esa forma,  Tekyã es “canilla corta”;  Kokoti, “hinchado”;  Kyùti, “anta”; Pè'su, “castaña-del-Pará”; Nansô, “rata”; Sampuyaka, "Matrinchã" (literalmente “cola blanca”); Sôkriti, "hoja falsa” o “cosa que parece hoja”. El sistema de nombres afirma la sabiduría de los antepasados en relación con todo lo que existe, pues pone en circulación perpetua, a lo largo de las generaciones, los nombres del tiempo mítico de los primeros viejos.

Los acontecimientos de la vida en la aldea se organizan a partir de estas relaciones básicas. Tradicionalmente, los muchachos viven con sus padres en la casa de la madre hasta los 12 o 13 años, cuando pasan a dormir en la Casa de los Hombres, según su mitad ceremonial. Después de algunos años en esta residencia, el muchacho establece relaciones estables con alguna muchacha y, paulatinamente, se incorpora a la casa de su futura esposa. Por otra parte, la relación del muchacho con su familia de origen es cortada en la estadía en la Casa de los Hombres y, a partir de ahí, empieza a constituir su propia familia al incorporarse a la casa del suegro, donde tendrá hijos. El matrimonio se consolida con el nacimiento de los hijos.

Las mujeres no solo indican la pertenencia a los clanes, sino que también son, efectivamente, las dueñas de la casas.  Ahí viven con el marido, con las hijas y sus respectivos maridos y con los hijos hasta la madurez. Si el matrimonio monogámico termina – y puede terminar varias veces en la vida adulta – es el hombre quien sale de casa. Es común que los matrimonios se deshagan y que uno se case nuevamente unas cuatro o cinco veces.

Los Panará, de la misma manera que otros grupos Jê con sus sistemas de clases de edad, usan los términos taputun (viejo) y twatun (vieja) para nombrar un ser plenamente adulto, lo que significa tener hijos ya casados, ser abuelo o abuela. Los yernos trabajan para los suegros y son responsables de  preparar el cultivo a la mujer y su familia, además de traer caza y pescado para su propia casa y la casa de la madre. Los yernos también deben mostrar respecto por los suegros, una actitud formal de deferencia con la clase de edad de los viejos.

Los jóvenes (piàntui, muchacha nueva, y piôntui, muchacho nuevo) se ocupan del trabajo productivo: el cultivo, la caza, la pesca, la preparación de la comida. Los viejos cuidan de la organización y reproducción de las actividades productivas por medio de discursos en la plaza o en la Casa de los Hombres, además de la organización de los ritos. En estas actividades, los hombres ocupan un espacio privilegiado en los rituales y en los discursos formales. Ese rol preponderante se debe, en parte, al hecho de que son ellos los mediadores en las relaciones con el mundo fuera de la sociedad panará, que tradicionalmente ocurría en la guerra. La influencia de las mujeres viejas, a su vez, es efectiva en cualquier decisión que afecte la aldea como un todo.

Cosmología ritual

Foto: Agda Detogni, 1991.
Foto: Agda Detogni, 1991.

Las “corridas de tora” (competición en que dos equipos corren con un pesado  tronco de buriti en los hombros) es la actividad ceremonial más importante, realizada en diversas oportunidades: en la fiesta de la pubertad femenina; después de expediciones guerreras; o simplemente por hacerla. Es la mayor demostración pública de fuerza y energía masculinas.  Recomenzar la práctica de la “corrida de toras” dentro del Parque do Xingu tuvo un significado muy importante en la reconstrucción social de los Panará. Durante muchos años, no construyeron la Casa de los Hombres bajo el argumento de que no había muchachos suficientes para eso. De hecho, solo la construyeron después de la última mudanza dentro del Parque, cuando se establecieron en la aldea del río Arraias. No por casualidad, en el mismo momento en que se sintieron capaces de hacer la Casa de los Hombres, también empezaron a intentar la recuperación de sus tierras.

Muchos rituales son realizados en función de una ocasión especial. Los chicos ya tienen sus orejas perforadas tempranamente; los muchachos, además de la oreja, se hacen perforar los labios. También se hacen escarificaciones en función del ritual.

En el orden cosmológico panará, la selva, los ríos, los igarapés (brazo estrecho o canal de río, característico de la cuenca amazónica y que corre entre la selva) y los lagos son fuente no solo de recursos materiales, sino que también constituyen la base del orden social. Los antepasados míticos, que dieron sus nombres a los Panará y al mundo, fueron seres “mezclados”, formados a partir de la combinación de animales y gente panará. Los muertos, en la aldea de los muertos, abajo de la tierra, creaban muchos animales que se les ofrecían a los vivos, para criarlos y matarlos en ritos de sacrificio destinados a equilibrar las relaciones de cambio entre clanes.

Actividades productivas

Foto: Pedro Martinelli, 1973.
Foto: Pedro Martinelli, 1973.

La economía tradicional de los Panará, antes del traslado al Parque do Xingu, estaba basada en una extensa explotación – pero ecológicamente equilibrada – de los recursos naturales. El sistema ceremonial ordenaba largas expediciones de caza, con grupos de hombres caminando por semanas en la selva, cazando y secando la carne para traerla a la aldea. En la estación seca, era común la dispersión de las aldeas en grupos más chicos para acampar en la selva, pescar, cazar y recolectar frutas. La recolección de tacuara para fabricar flechas se realizaba en grupos grandes, que caminaban muchos días y también aprovechaban para buscar castañas. Cuando fueron trasladados de la región del río Peixoto de Azevedo para el Parque do Xingu, siguieron con las mismas prácticas, sin embargo las condiciones ecológicas del Xingu, por ser muy distintas de las del territorio de origen de los Panará, redujo mucho la variedad de sus alimentos.

Los Panará plantan maíz, papa, cará (tipo de tubérculo), varias especies de banana, mandioca, zapallo y maní. En tierras fértiles del río Peixoto y del Iriri, las mismas bananeras dan frutos por años seguidos, mientras en el Xingu cada año era necesario plantar nuevas mudas. La dificultad del trabajo sin herramientas de acero se solucionó con la adquisición de cuchillos, machetes y hachas. La fascinación  por estos instrumentos llevó los Panará a atacar el inglés Richard Mason en 1961, a buscar la Base Aérea del Cachimbo en 1967 y a aceptar el contacto con Cláudio Villas Bôas en 1973. Cuchillos y cuentas eran los únicos despojos llevados de los enemigos muertos en las guerras con los Kayapó. En el primer momento de contacto con los blancos, los Panará ganaron diversas hachas de acero y tiraron las suyas, de piedra, al río.

La pesca es practicada tanto durante el periodo de inundación como el de seca. Las técnicas de captura de los peces varían de acuerdo con el nivel de agua: timbó (un tipo de liana) cuando el nivel del agua está bajo y arco y flecha cuando hay inundación. La caza es la actividad masculina con más prestigio. El anta, el macaco-prego (“mono-tornillo”), el macaco-aranha (“mono-araña”), paca, jacu (especie de ave del género Penelope), mutum (otro tipo de ave gallinácea) y otros gallináceos son abatidos con arco, flecha y porra. Es el gran conocimiento de los animales y del ecosistema – más que la fuerza o la tecnología utilizada –el que garantiza los buenos resultados de estos emprendimientos. Como recolectores,  los Panará valoran mucho las diversas calidades de miel que recogen – consumido puro, mezclado al açaí (fruto de una especie de palmera) o diluido en agua. También aprecian el mamón bravo, cupuaçu (fruto de árbol similar al árbol de cacao), cacao salvaje, anacardo, frutos de varios tipos de palmera (buriti, tucum, macaúba, inajá), mangaba (fruto de la Hancornia speciosa Gomes), pequi (fruto de la Caryocar brasiliense) y la importante castaña-del-pará, recolectada entre noviembre y febrero, justo en el periodo en que los cultivos ya fueron sembrados pero todavía no están listos para la cosecha.

La subsistencia está organizada en función de las relaciones sociales entre los Panará. En el trabajo cotidiano de cada familia nuclear, la mujer cosecha la mandioca o otras plantas del cultivo, mientras el hombre caza o pesca. Esa división de funciones produce una suerte de ciclo que culmina en la preparación de un ritual trascendente. En este ciclo, toda la fuerza de trabajo colectivo es movilizada por pedidos complejos y prestaciones mutuas de servicio entre los clanes, que terminan con la preparación colectiva de una gran cantidad de mandioca o maíz – alimentos que complementan la caza colectiva que puede durar semanas. Al final de la ceremonia, todos preparan un inmenso paparuto (masa de mandioca o maíz rellena con carne, envuelta en hojas de bananera y asadas en un horno de suelo) – lo que se come todos los días – para dividir entre los clanes y ser consumido colectivamente. No tener caza significa, a largo plazo, la disgregación de la arquitectura social.

El cultivo, igualmente, es un espacio altamente socializado, además de ser un campo de trabajo material y social fundamental. Parte de ahí la explicación de la forma geométrica de los cultivos que tanto sorprendieron los integrantes del Frente de Atracción de la Funai. El diseño circular del campo de cultivo, con ciertas plantas en la periferia y líneas cruzadas de bananeras o maíz que cortan el centro, es una reproducción parcial del espacio de la aldea, con oposición entre centro y periferia y los mismos conceptos de espacio que orientan la pintura corporal y el corte de pelo en función del sistema social. El crecimiento del maíz y del maní son referencias temporales para los ritos de perforación de las orejas, del labio inferior de los hombres y de la escarificación de los muslos, que a su vez se articulan con el ciclo de intercambio entre los clanes.

La cuestión de los recursos naturales es definitiva para comprender porqué era un problema para los Panará vivir en el Parque do Xingu. Según su argumento, no solo estaban en territorio ajeno, sino que la tierra era pobre. En el Parque, hay menos caza disponible de lo que había en el río Peixoto de Azevedo, algunas frutas importantes de la recolección no existen – incluso la castaña –, la tierra es menos fértil y los cultivos rinden menos. Mientras vivieron en el Xingu, los Panará no se cansaban de repetir que la sociedad que formaron allí era un simulacro, una versión reducida, inferior y empobrecida de la sociedad como había sido antaño en el territorio tradicional del río Peixoto de Azevedo.

Nota sobre las fuentes

El artículo Panará, elaborado por el equipo de edición de la Enciclopedia de los Pueblos Indígenas del Instituto Socioambiental, se basó en gran parte en la tesis del antropólogo Stephan Schwartzman, “The Panará of the Xingu National Park: the transformation of a society”, defendida en 1988 en la Universidad de Chicago. La tesis entrega al lector un minucioso panorama sobre la vida y la transformación social vivida por los Panará, desde antes del traslado al Parque Indígena del Xingu. El antropólogo trabaja junto a los Panará desde 1980 y produjo, además de la tesis, artículos, informes y diagnósticos sobre el pueblo Panará (ver fuentes de información).

Otra fuente de información utilizada en ese módulo fue el libro “Panará: a volta dos índios gigantes”, de los periodistas Ricardo Azambuja Arnt, Lúcio Flávio Pinto y Raimundo José Pinto, con ensayo fotográfico de Pedro Martinelli.

Fuentes de Información

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  • O Brasil grande e os índios gigantes. Dir.: Aurélio Michiles. Vídeo Cor, VHS, 47 min., 1994. Prod.: Elaine César; Instituto Socioambiental.

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